En el tumultuoso mundo del fútbol, el reciente episodio que ha visto a Massimiliano Allegri sancionado con una multa de 10.000 euros por insultos a Lele Oriali marca un nuevo capítulo en la gestión de las infracciones, planteando preguntas sobre una disciplina que parece convertirse en sencilla.
El Juez de Deportes de la Serie A certificó oficialmente un principio claro: en campos de fútbol se puede insultar, siempre y cuando esté dispuesto a pagar la multa correspondiente. Sin descalificación, sin día de parada, sólo una multa. Y todo ha vuelto.
Una vez más, es Nápoles. Massimiliano Allegri, entrenador de Milán, fue sancionado con 10.000 euros de multa por lo que sucedió durante las semifinales de Supercoppa perdido contra el blues.
Según la denuncia del club partenopeo, el técnico Rossonero habría rechazado a Lele Oriali, colaborador de Antonio Conte y figura histórica del fútbol italiano.
El juez de deportes, Gerardo Mastrandrea, ha reconocido los hechos: de los actos del Fiscal Federal, surge que Allegri “una actitud provocativa hacia un líder del equipo opositor, al que dirigió reiteradamente expresiones ofensivas”. Todo es verdad, todo certificado. Pero no lo suficientemente malo como para justificar una descalificación.
Curiosamente, durante el episodio, ni el árbitro ni el cuarto hombre intervinieron. Obviamente las palabras no eran tan pesadas. O tal vez, pero sólo de vuelta y sólo hasta cierto punto.
Moral of the fairy tale: offending an opposition is no longer a disciplinary problem, it is a budget item. Diez mil euros y así, como un impuesto turístico por excesos verbales. Dos pesos y dos medidas, como suele ocurrir. Y Nápoles, una vez más, toma nota.




Este episodio es muy interesante y refleja cómo se gestiona el fútbol. Sanciones que no conducen a consecuencias reales. La multa de 10.000 euros parece más un costo que un castigo real, así que nada cambia.